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FALLECE EL OBISPO EMÉRITO DE MÁLAGA MONS. ANTONIO DORADO SOTO. 23/03/15

La Real Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, desea expresar su más sentido pésame a la Diócesis de Málaga por el fallecimiento de Monseñor D. Antonio Dorado Soto, obispo emérito de Málaga y nos unimos a la oración por su alma.

"FORTALECER Y TRANSMITIR LA FE: ESO ESPERA LA IGLESIA DE MÁLAGA DE VOSOTROS...", esa fue la carta que escribió y firmó de su puño y letra para nuestra Real Hermandad en el año 2008 y se publicó en el boletín "NAZARENO" de ese mismo año.


REFLEXIÓN DE CUARESMA. 05/03/15

Comenzamos el pasado miércoles de ceniza, el tiempo de Cuaresma, un tiempo de reflexión, de preparación y de oración, un tiempo que nos ha de llevar a vivir la Semana Santa, a vivir plenamente la pasión muerte y Resurrección  de Jesús.

Nos dice el papa Francisco que la cuaresma es un tiempo de renovación, pero sobre todo es un tiempo de gracia. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Él no es indiferente a nosotros. Cada uno de nosotros le interesa a Dios pero cuando nosotros estamos bien nuestro corazón cae en la indiferencia y se olvida de quienes no lo están. Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el Hombre, entre el cielo y la tierra.

Estamos en un período de cuarenta días,  donde meditar sobre los fundamentos de nuestra fe, preparándonos para el acontecimiento pascual, centro de nuestra vida cristiana, personal y comunitaria. Dice el Papa Francisco que el pueblo de Dios tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Por ello nos propone tres ámbitos para meditar sobre de esta renovación durante la Cuaresma:

1.- la Iglesia. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. La cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Jesús y así llegar a ser como Él.

2.- Las parroquias y las comunidades. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos formamos parte de la comunión en la cual el amor vence a la indiferencia. La Iglesia es enviada a todos los hombres y podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Jesús murió y resucitó.

3.- Las personas creyentes. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia? Podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. Podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas. El sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios.

Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. Un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.

Nuestra Hermandad inicia el camino de la Cuaresma, de la preparación para tras la pasión y muerte de Jesús  alcanzar el Domingo de Resurrección, el día del triunfo sobre la muerte que da sentido a nuestra fe. Que este tiempo de cuaresma nos sirva para acrecentar nuestra fe en Jesús Nazareno.


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MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO CON MOTIVO DE LA CUARESMA 2014. 07/03/14

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza(cf. 2 Cor 8,9)

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

Vaticano, 26 de diciembre de 2013
Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

 
FRANCISCO

 


MENSAJE DEL PAPA BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2013

Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16)

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la Fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» {1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva... Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un "mandamiento'', sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» [Deus cantas est, 1). La fe constituye la adhesión personal –que incluye todas nuestras facultades– a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor.

Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por "concluido" y completado» {ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a).

El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor –«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14) –, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor... La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz -en el fondo la única- que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido.

Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad.

Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17).

En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica».

Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios.

En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Le 10,38-42).

La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria.

En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana.

Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Cantas en veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto –indispensable– con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de San Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10).

Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad.

Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente.

La Cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud.

Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano.

Análogamente, la fe precede a la caridad, pero se revela germina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de Cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.


TIEMPO DE CUARESMA

La Cuaresma es el tiempo litúrgico para la conversión, que marca la Iglesia para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Dura  40 días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo antes de la Misa de la Cena del Señor.

El color litúrgico de este tiempo es el Morado que significa penitencia. Es un tiempo de reflexión, de penitencia, de conversión espiritual; de preparación al misterio pascual.

La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número cuarenta en la Biblia. En ésta, se habla de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña, de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto. En la Biblia, el número cuatro simboliza el universo material, seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, seguido de pruebas y dificultades.

El Miércoles de Ceniza, con la imposición de las cenizas, se inicia una estación espiritual particularmente relevante para todo cristiano que quiera prepararse dignamente para la vivir el Misterio Pascual, es decir, la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús. 

Este tiempo vital del Año Litúrgico se caracteriza por el mensaje bíblico que puede ser resumido en una sola palabra: "Convertíos". Este imperativo es propuesto a la mente de los fieles mediante el rito austero de la imposición de ceniza, el cual, con las palabras "Convertíos y creed en el Evangelio" y con la expresión "Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás", invita a todos a reflexionar acerca del deber de la conversión, recordando la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.

La sugestiva ceremonia de la ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia. La conversión no es, en efecto, sino un volver a Dios.

 Hoy en día en la Iglesia, el Miércoles de Ceniza, el cristiano recibe una cruz en la frente con las cenizas obtenidas al quemar las palmas u olivos usados en el Domingo de Ramos previo.

La ceniza, del latín "cinis", es producto de la combustión de algo por el fuego. Adquirió un sentido simbólico de muerte, caducidad, y en sentido trasladado, de humildad y penitencia. En Jonás 3,6 sirve, por ejemplo, para describir la conversión de los habitantes de Nínive. Muchas veces se une al "polvo" de la tierra: "en verdad soy polvo y ceniza", dice Abraham en Gén. 18,27.

La Cuaresma empieza con ceniza y termina con el fuego, el agua y la luz de la Vigilia Pascual. Algo debe quemarse y destruirse en nosotros -el hombre viejo- para dar lugar a la novedad de la vida pascual de Cristo.

Mientras el ministro impone la ceniza dice estas dos expresiones, alternativamente: "Arrepiéntete y cree en el Evangelio" (Cf Mc1,15) y "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Cf Gén 3,19): un signo y unas palabras que expresan muy bien nuestra caducidad, nuestra conversión y aceptación del Evangelio, o sea, la novedad de vida que Cristo cada año quiere comunicarnos en la Pascua.

Sinónimo de "conversión" es así mismo la palabra "penitencia"... Penitencia como cambio de mentalidad. Penitencia como expresión de libre y positivo esfuerzo en el seguimiento de Jesús.

Arrepentimiento y confesión de los pecados, pensar en qué he ofendido a Dios, Nuestro Señor, si me duele haberlo ofendido, si realmente estoy arrepentido. Éste es un muy buen momento del año para llevar a cabo una confesión preparada y de corazón. Analiza tu conducta para conocer en qué estás fallando. Hazte propósitos para cumplir día con día y revisa en la noche si lo lograste. Durante este tiempo especial de purificación, la Iglesia nos propone y que nos ayuda a vivir la dinámica cuaresmal,  la oración, condición indispensable para el encuentro con Dios. Aprovechemos  estos días para orar, para hablar con Dios.

Asimismo, también debemos intensificar la escucha y la meditación atenta a la Palabra de Dios, la asistencia frecuente al Sacramento de la Eucaristía.

Hagamos  sacrificio, palabra que  viene del latín sacrum-facere, significa "hacer sagrado". Entonces, hacer un sacrificio es hacer una cosa sagrada, es decir, ofrecerla a Dios por amor. Hacer sacrificio es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuestan trabajo. Por ejemplo, ser amable con el vecino que no te simpatiza o ayudar a otro en su trabajo. A cada uno de nosotros hay algo que nos cuesta trabajo hacer en la vida de todos los días. Si esto se lo ofrecemos a Dios por amor, estamos haciendo sacrificio.

Lo mismo  la práctica del ayuno, según las posibilidades de cada uno. La  renuncia en las circunstancias ordinarias de nuestra vida, también constituyen un medio concreto para vivir el espíritu de Cuaresma. No se trata tanto de crear ocasiones extraordinarias, sino más bien, de saber ofrecer aquellas circunstancias cotidianas que nos son molestas, de aceptar con humildad, gozo y alegría, los distintos contratiempos que se nos presentan a diario. De la misma manera, el saber renunciar a ciertas cosas legítimas nos ayuda a vivir el desapego y desprendimiento.

Ayuno y abstinencia consiste en hacer una sola comida fuerte al día. La abstinencia consiste en no comer carne. Son días de abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El abstenerse de la comida y la bebida tienen como fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento.

Con estos sacrificios, se trata de que todo nuestro ser (espíritu, alma y cuerpo) participe en un acto donde reconozca la necesidad de hacer obras con las que reparemos el daño ocasionado con nuestros pecados, la relación entre el ayuno y la conversión, esto es, la transformación espiritual que acerca el hombre a Dios.

Mantengamos la vivencia de la caridad, debemos vivirla de manera especial con aquél a quien tenemos más cerca, en el ambiente concreto en el que nos movemos.

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida. La Iglesia nos anima a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas.

Por ello, la Cuaresma es el tiempo del perdón y de la reconciliación fraterna. Cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia, los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos. En Cuaresma, aprendemos a conocer y apreciar la Cruz de Jesús. Con esto aprendemos también a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.

Meditemos el significado de cada símbolo, cada gesto cuaresmal, arrepintámonos, creamos en el Evangelio,  aceptemos que polvo somos y en polvo nos convertiremos, para dejar al hombre viejo y llegando como hombre nuevo a la celebración del misterio Pascual.


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TEXTO LEÍDO POR NUESTRA HERMANDAD AL EXCMº Y RVDMº SR. ARZOBISPO DE COMPOSTELA EN LA RECEPCIÓN DEL 30 DE JULIO DE 2010
Hacer el camino para encontrar  nuestro camino. Es al pie de este Altar, como Iglesia Católica que somos, donde recalamos procedentes de tierras del sur para venerar a nuestro Santo Patrón.

Nuestro pueblo, Alhaurín el Grande, queda lejos, pero al estar en presencia del Santo Apóstol Santiago, Patrón de todos los pueblos de España, todo se hace más cercano. Estamos como en casa. Es volver a nuestros orígenes.

La Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que también venera y da culto y tiene como Sagrados Titulares a San Sebastián Mártir, María Santísima del Mayor Dolor y Nuestro Padre Jesús Resucitado, se hace peregrina y camina compartiendo la Fe en Cristo Resucitado.

Camina como comunidad de creyentes dentro de la gran comunidad que es nuestra Iglesia Católica y teniendo como testigo a Santiago Apóstol, renovamos nuestro compromiso con la Fe de Jesús y hacemos vida lo que hemos recibido de nuestros padres: la Fe católica en esta Eucaristía, poniendo a Jesús en el centro de nuestras existencias. Sin él, nada somos.

Pedimos mediante la intercesión de nuestro Santo Patrón, el Apóstol Santiago,  en este Año Santo Compostelano por toda nuestra nación, para que sea un lugar de encuentro y paz. De libertad y respeto mutuo donde podamos vivir libremente los valores evangélicos.

Queremos pedir por todas las familias cristianas, para que sigan siendo ese auténtico hogar-Iglesia donde se viva y se transmita la Verdad de Cristo. Y por último por nuestra Hermandad. Por todos los que nos encontramos aquí. Que éste peregrinar nos sirva como punto de partida de una auténtica renovación en nuestro  vivir cristiano como Iglesia"


LA LITURGIA, EL COMPROMISO CRISTIANO Y LA PARTICIPACIÓN ECLESIÁSTICA, COMO EJES DE NUESTRO DÍA DE JESÚS
Dice el Derecho Canónico que una Hermandad no es sino una asociación pública de de fieles inscrita en el seno de la Iglesia Católica. Fiel a esta premisa, nuestra  Hermandad, que lleva desde hace siglos como el mejor de los emblemas el Dulce Nombre de Nuestro Padre Jesús Nazareno no puede olvidar, por tanto, su compromiso como parte viva e integrante de nuestra comunidad parroquial.

Y es que el verdadero eje motor de nuestras Fiestas no son las flores, el incienso, los cohetes o los ecos de nuestras bandas. No. Esos son sólo elementos integrantes, imprescindibles, si queremos, pero cuya función se circunscribe únicamente a servir de marco y llenar de color nuestra gran celebración anual de Gloria.

Y es que lo que hemos celebrado los pasados días  12 y 13 de junio, no es si no una de las solemnidades de más tradición y arraigo en Alhaurín el Grande. La fiesta conocida por todos como el Día de Jesús, que antiguamente tenía lugar en la Octava del Corpus y que en la actualidad se celebra el domingo después del Corpus Christi.

Durante toda la semana anterior a este domingo 13 de junio, se han oficiado el lunes, martes y miércoles las tres misas del Triduo, siendo precedida cada celebración por la Exposición y Adoración del Santísimo en Honor y Gloria de nuestro Sagrado Titular y del Sagrado Corazón de Jesús advocación que desde hace muchos años se encuentra unida a los cultos de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

La Solemne Eucaristía y los demás actos de estos días, vienen a ser una manera de expresar por parte de esta Hermandad el fervor y la veneración a Nuestro Padre Jesús Nazareno, así como hacer presente una Acción de Gracias hacia nuestro Sagrado Titular, por todo lo que tenemos y lo que somos.

Cabe señalar de forma notoria como estas celebraciones religiosas han sido presididas  por los RR. PP. Agustinos Recoletos, responsables de la acción pastoral de nuestra Parroquia, a quienes agradecemos su participación y buen hacer en todo lo concerniente al aspecto pastoral y cultural. Ni que decir tiene como en esta felicitación merece una mención especial el Reverendo Padre D. Francisco Javier Hernández Pastor, nuestro nuevo párroco desde el pasado mes de octubre, quien ha  sido vivo ejemplo, no sólo en el trascurso de nuestros cultos, si no también a lo largo de estos meses, de un buen hacer pastoral sólo comparable a su gran categoría humana.

De igual modo esta Hermandad agradece la colaboración de la Parroquia y de toda la comunidad cristiana de Alhaurín el Grande, que han demostrado en todos los actos, tanto en los religiosos como en los desfiles y traslados procesionales, la atención y el respeto que esta fiesta en Honor y Gloria de su Sagrado Titular se merecen.

 

 


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EL DXXV ANIVERSARIO DE SAN SEBASTIÁN Y LA LLEGADA DE SU RELIQUIA A ALHAURÍN EL GRANDE
Reverendo Padre Agustino Recoleto D. José María López Vega

Señor Hermano Mayor de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno

Señor Hermano Mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de Gracia

Dignísimas Autoridades

Representantes de partidos políticos y asociaciones

Hermanos, hoy,  todos en Jesús Nazareno

 

Buenas noches:

Esta noche, la Ermita que nos cobija y que desde tiempo inmemorial lleva el nombre del Mártir cuya Fiesta celebramos hoy vuelve a vestir sus mejores galas para acogernos una vez más a todos. Pero la de hoy no es una jornada cualquiera. No es hoy una ocasión cualquiera. No es una Festividad cualquiera. Hoy es el Día de San Sebastián. Hoy es el día de nuestro Santo  Patrón. Un Patrón que resume en su nombre más de cinco siglos de culto y fervor. Un Patrón que a buen seguro abre sus brazos a Alhaurín desde el cielo en el año en el que se cumple el DXXV Aniversario de la Toma de Alhaurín por los Reyes Católicos y de su Patronazgo 

Situémonos a finales de abril de 1485. Tras tres años de batallas y escaramuzas entre castellanos y musulmanes la Guerra de Granada entra en una fase decisiva. El prolongado asedio simultáneo al que el rey Fernando el Católico somete a Cártama y Coín, en el que el monarca aragonés no duda en emplear la artillería, ha dado sus frutos. Las plazas, fuertemente amuralladas, se rinden finalmente y la población de las pequeñas alquerías del entorno, entre las que se encontraba Alhaurín el Grande, huye despavorida presa del miedo y la desesperación. El mundo medieval va dejando paso, de esta forma brusca y violenta, a la Modernidad.

Nace así el Alhaurín cristiano. La villa se incorpora al Reino de Castilla y pasa a formar parte de la "Tierra de Málaga", extenso territorio bajo la administración de la ciudad.

Se llevan a cabo los Repartimientos y las propiedades, casas, molinos  y haciendas son distribuidas entre gentes que procedentes de Extremadura, Andalucía, Castilla e incluso Portugal pasarán a habitar nuestra localidad. Unas gentes que llevaban a la tierra que se disponían a habitar no sólo sus ilusiones, sus esperanzas o sus anhelos, si no también sus creencias y el origen de muchas de las tradiciones que nos identifican en la actualidad.

Así, junto al Arco del Cobertizo, a los pies de un castillo y unas murallas que hoy sólo existen en los documentos y los libros que cuentan nuestra historia, la antigua mezquita mayor será transformada ahora en Iglesia y puesta bajo la advocación de Nuestra Señora de la Encarnación al tiempo que los Reyes Católicos la dotan con un cáliz de plata grabado con su escudo de armas y con la imagen de nuestra venerada y Queridísima Patrona, la Santísima Virgen de Gracia.

Algo más allá, en la salida del pueblo hacia Coín, sobre una colina a cuyos pies discurre un arroyo, se levanta un edificio. Es este un pequeño oratorio, antes musulmán y ahora cristiano, cuyas paredes, quizá blancas, rodean unos olivares y huertas otorgados por Merced especial de los Reyes Isabel y Fernando al Caballero y Regidor de Málaga Diego García de Hinestrosa. Un lugar silencioso cuya tranquilidad únicamente interrumpen los golpes de azada, el murmullo del agua o el ronco sonido de un cercano molino de aceite.

Los repobladores, que lo divisan misterioso en la lejanía, se santigüan y persignan cuando van y vienen del trabajo en el campo o de los viajes a lomos de burros y caballerizas. Y es que es aquí, precisamente aquí donde se halla entronizada la imagen San Sebastián que da nombre a la Ermita. Y es que no es casualidad que sea precisamente Sebastián el mártir elegido, ya que es esta una advocación la que los Reyes Católicos sentían especial predilección y cuyo culto fomentan a lo largo y ancho de la tierra recién Reconquistada. Es la advocación de un Mártir, sí, pero no debemos olvidar que es también la de un soldado... ¡tiempos de guerra!... Y además, al decir de las gentes, San Sebastián era el  abogado de las epidemias de Peste, y Santo al que se puede acudir en rogativa ante las  frecuentes epidemias y demás catástrofes de salud pública. Un Santo al que se elegirá como Patrón de nuestro pueblo. ¡Y que mejor Patrón que San Sebastián!

Hoy, 20 de enero de 2010, el día que la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno celebra su Festividad, se cumple una vieja aspiración. Un sueño que dio comienzo allá por el mes de julio de 2006, cuando durante el mandato del anterior Hermano Mayor Marcos Antonio Conejo Rueda se presentó el preceptivo Informe ante nuestra Diócesis y la documentación necesaria para lograr nuestros objetivos. Por fin, los alhaurinos dispondremos de una reliquia de nuestro Santo Patrón para destinarla al culto y la veneración públicas. Una reliquia que incrementará nuestra devoción y reforzará nuestra Fe. Una reliquia que será entregada, por fin, a la Hermandad de las manos  del incansable y ejemplar hermano de Jesús y Consejero de nuestra Hermandad Sebastián Gómez García, persona clave tanto en el resurgimiento del culto a San Sebastián en nuestra localidad allá por los primeros años ochenta como en la llegada a Alhaurín el Grande de una Partícula ex osibus de nuestro Santo Patrón y que tendrá el privilegio de actuar como Padrino de un acontecimiento histórico e irrepetible

Texto leído por el Secretario General de la Hermandad en la Solemne Ceremonia de Presentación de la Venerable Reliquia de San Sebastián Mártir, Patrón de Alhaurín el Grande el 20 de enero de 2010.

 


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LA CAPILLA DE LA HERMANDAD EN EL CEMENTERIO. 150 AÑOS AL SERVICIO DE TODOS LOS ALHAURINOS
 

Uno de los principales cometidos de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno desde sus orígenes sería el de encargarse del entierro de sus hermanos, sepultándolos en una cripta o Panteón propios cuya existencia conocemos por numerosos testimonios documentales. Este primitivo espacio funerario sería abandonado al abrirse el Cementerio Municipal, denominado actualmente de San Gaudencio, el cual entra en funcionamiento comenzada ya la década de 1830. La Hermandad estará presente desde sus inicios en el nuevo Camposanto, contando ya desde entonces con un Panteón propio y, rasgo único y singular, con una Capilla, la única con la que se dotó en sus orígenes al nuevo recinto para sus servicios religiosos. Ambas construcciones se levantarían en terrenos situados en el Primer Patio, que corresponde a la parte más antigua del Cementerio.

El sencillo y airoso oratorio, bella muestra de la arquitectura popular andaluza, posee planta cuadrada provista de un ábside en su cabecera y encontrándose cubierto con una techumbre a cuatro aguas. En su fachada, una inscripción recuerda las obras de mejora del cementerio que se llevaron a cabo en 1858, siendo alcalde el ilustre hermano de Jesús D. Francisco Marzo y Sánchez.

Desde sus orígenes, presidiría el interior de la Capilla una imagen de vestir de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de talla pequeña, la cual contaba para su cuidado con una Camarera, como recoge el Acta de 1 de enero de 1897, en la que se reseña el ingreso en la Hermandad de la hermana Antonia Serrano Guerrero a cambio de que cumpliese

 

"con la obligación ineludible de cuidar de la ropa, aseo y demás asistencias de la imagen de N. P. Jesús Nazareno que se venera en la Capilla propia de esta Cofradia en el Cementerio de esta villa. Por consiguiente queda admitida con el carácter de Camarera de la citada efigie".

 

Resulta curioso señalar como en este mismo Cabildo el hermano Francisco Burgos Giménez, uno de los Mayordomos de la Hermandad, dio cuentas también de los "gastos ocasionados por la reparación de la capilla del cementerio y una pequeña obra en esta Ermita", partidas que fueron aprobadas por unanimidad de todos los hermanos asistentes (1).

En 1936, durante el transcurso de la Guerra Civil, la Capilla del Cementerio sería asaltada y saqueada, destruyéndose la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno que la presidía. Tras el conflicto, el pequeño templo fue reparado, si bien su mal estado terminaría por aconsejar su cierre en espera de tiempos mejores. Así las cosas, habrá que esperar a 1980 para que, durante el mandato del Hermano Mayor Baltasar Ruíz Gallego, se decida acometer las obras de reforma necesarias para su apertura. Incluso gracias al impulso de numerosos hermanos de Jesús se adquirirá en los Talleres de Olot una nueva imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que, tras su llegada a la localidad es trasladada solemnemente desde la Ermita de San Sebastián hasta su definitivo emplazamiento, tal y como recuerda el Acta levantada 30 de enero de 1981

 

"Mediante escrito solicitud dirigido al Excmº Aytamiento de esta Villa se pide nos de permiso para restaurar la capilla existente en el cementerio y volver a poner en la misma una imagen de Ntrº Titular. Imagen esta, como asimismo la obra realizada en la mencionada capilla, se hizo posible gracias a los Donativos de muchos Hermanos. Trasladándose la Imagen desde Nuestra Ermita a su futura capilla, a hombros de nuestros hermanos" (2).

 

Ya en 1997, siendo Hermano Mayor Francisco Rueda Santos, vuelve a repararse el pequeño templo, instalándose en su fachada una reja de hierro y el zócalo de mármol. Estas son, en definitiva, algunas pinceladas acerca de la historia de un espacio emblemático. Un espacio que lleva más de un siglo y medio de existencia al servicio de los hermanos de Jesús y de todos los alhaurinos.

 

NOTAS

 (1) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Actas nº 1 (1874-1968) Acta correspondiente al Cabildo celebrado el 1 de enero de 1897.  fs. 53-54.

(2) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Actas nº 2 (1968-1984). Acta correspondiente al día 30 de enero de 1981.  fº 64 vtª

 


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EL PANTEÓN DE LA HERMANDAD
 

Al igual que en el caso de la Capilla los primeros testimonios acerca de la existencia del Panteón de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno en el Cementerio datan desde los orígenes del recinto. Así lo prueban documentos como el Testamento en virtud de Poder del hermano J. Martín realizado por su viuda, la también hermana de Jesús Antonia María de Castro Cañamero en 1839. En el mismo se alude a que, fallecido el primero el 27 de de febrero de 1837

 

"se hizo su entierro en publico en el día siguiente asistiendo la parroquia entera de una capa, siendo amortajado su cadáver con tunica de tafetán morado de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de la cual era hermano y sepultándose en el enterramiento general extramuros de esta población y en uno de los nichos de dicha Hermandad, diciéndole misa cantada de cuerpo presente con vigilia y responso" (1).

 

Las referencias al Panteón de la Hermandad en el primer Libro de Actas que conserva nuestro Archivo serán muy frecuentes, mostrándonos el gran interés de la corporación en atender las demandas de enterramiento de los hermanos. Así, el 26 de diciembre de 1893 

 

"El Mayordomo Don Miguel Rodríguez Gamboas hace presente a la Hermandad de que tiene conocimiento que le corresponden en propiedad por compra hecha por la misma á Don José Burgos Manzanares los nichos números 8, 23, 29, 33, 35, 36 y 41 del Ángulo Poniente antiguo del Cementerio de esta villa. En su vista, los concurrentes acuerdan por unanimidad hacerlo constar así en el acta, para los efectos consiguientes" (2).

 

En 1922 la nueva directiva presidida por el Hermano Mayor Antonio Fernández Bonilla decide ampliar el Panteón con el producto de los nichos sueltos que la Hermandad poseía en otros lugares del camposanto. La propuesta fue aprobada por unanimidad, llevándose a cabo, tal y como recuerda una inscripción conmemorativa que se conserva en la actualidad en la parte superior de la Capilla del Cementerio

 

"Por dicho Hermano Mayor fue propuesta la venta de nichos que esta Hermandad tiene fuera de su Panteón para los mismos comprar en los que se harán al lado de dicho Panteón haciendo saber que dichos nichos no podrán ser vendidos hasta tanto no cumplan los que los ocupan lo que por unanimidad fue aprobado" (3)

 

 

Esta situación no acabaría con la falta de espacio en el Panteón. La demanda de enterramientos seguía creciendo y esto llevaría a que a comienzos de la década de 1950 la Hermandad contase, además de los veintiocho nichos del Panteón, con otros repartidos por todo el Cementerio en las zonas denominadas "Ángulo Poniente Antiguo", "Ángulo Norte Moderno del 1º Patio", "Ángulo Norte Junto al Santísimo" y "Ángulo Levante del 2º Patio" (4). Como puede apreciarse, los enterramientos se encontraban diseminados.  Esta situación trataría de solucionarse en años posteriores. El 1 de enero de 1953, la Directiva de la Hermandad trataría el asunto en la última reunión presidida por el Hermano Mayor Diego Bonilla Pérez

 

"Abierto el acto por el Sr. Hermano Mayor expuso que haviendo estado horas antes en el Cementerio en compañía de toda la Directiva con motivo de asistir al entierro del antiguo Hermano Mayor D. Antonio Fernández Bonilla, había visitado el Panteón que dicha Hermandad posee en dicho Cementerio y visto la necesidad de nichos que existe para poder dar sepultura a los hermanos difuntos propone que convenía vender los nichos que esta Hermandad posee sueltos fuera del Panteón y con su importe edificar veinte y cuatro nichos, encima de dicho Panteón, creyéndolo beneficioso para la Hermandad, pues con siete que se vendan se construyen los veinte y cuatro, ya que actualmente se carece de fondos a para ello pasado a votación es aprobado por unanimidad, nombrándose una Comisión compuesta por los hermanos D. Miguel Pérez Plaza y D. Diego Bravo Aragón, otorgándosele a los mismos un voto de confianza para que puedan vender y hacer las obras necesarias" (5).

 

El proyecto sería acometido ya durante el mandato del Hermano Mayor Miguel Pérez Plaza, pasando la capacidad de enterramiento de 28 a 50 nichos. En 1997, siendo Hermano Mayor Francisco Rueda Santos se procedería la última gran reforma que tendrá lugar en el Panteón, levantándose de nueva planta una Galería y dotando al conjunto de la imagen actual que posee. Del mismo modo, y junto a la Capilla, se inauguraría el Osario de la Hermandad. Estas reformas se verían incrementadas con las ampliaciones y mejoras que se llevan a cabo durante el mandato de Andrés Martín Albarracín

 

NOTAS

(1) Archivo Histórico Provincial de Málaga. Leg. P/ 7037. Testamento en virtud de Poder de J. Martín hecho por su viuda Dª Antonia María de Castro Cañamero. 26 de febrero de 1839. fº 46 y sgts.

(2) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Actas nº 1 (1874-1968) Acta correspondiente al Cabildo celebrado el 26 de diciembre de 1893.  fº 46.

(3) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Actas nº 1 (1874-1968) Acta correspondiente al Cabildo celebrado el 8 de octubre de 1922.  s/f.

(4) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Cementerio de la Hermandad de Jesús (1946-1971)

(5) Archivo Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Libro de Actas nº 1 (1874-1968) Acta correspondiente al Cabildo Extraordinario celebrado el 1 de enero de 1953.  s/f.


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